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jueves, 1 de octubre de 2009

¡Que suerte ser rana!


No es normal que alguien se deje un libro abierto con un bolígrafo señalando la página, al menos, eso pensé aquella tarde en que decidí caminar por el Paseo Marítimo, intentando aliviar la pesadez de cabeza con la que me había obsequiado el día.

Como decía, aquel libro parecía haber sido abandonado por su dueño debido a algún suceso repentino que le hizo olvidarse de él. El banco estaba vacío. Miré a mi alrededor pero solo habían parejas paseando tranquilamente, aprovechando los últimos rayos del sol.

La curiosidad pudo más que la prudencia y tomé el libro entre mis manos cuando, de repente, cayó al suelo una hoja doblada en la que se habían escrito algunas palabras. ¿Es ético leer lo que alguien había escrito quizá en un momento de intimidad? En aquellos momentos, decidí que tenía permiso para hacerlo y, sentándome en el banco, inicié la lectura de algo que sin querer tocó mi corazón.

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"Arrullada por las olas del mar y perdida mi vista en el horizonte, ha llegado hasta mí tu imagen, pero he sentido dentro de mí que ya no me hace daño, que puedo observarla de forma indiferente como nunca pensé que podría hacerlo.

Ahora, desde la distancia que me otorga el tiempo, y sin la venda que cubría mis ojos, puedo mirar la película en que se convirtió mi vida.

Fui manipulada, aunque es verdad que yo me dejé manipular, convirtiéndome en la princesa de un hermoso cuento de hadas hasta que una vez utilizada, quisiste escribir el cuento al revés, y con un beso convertirme en una pequeña rana, pero no te diste cuenta de que las ranas saltan y escapan a toda velocidad, sobre todo, cuando te das cuenta de que el príncipe escribió su propia película con un único guión, que repetía textualmente hasta la saciedad, variando solo la protagonista.

¿Mereció la pena? ¿Valieron los sueños para algo? No. A cada pregunta contesto que no. Si puedo sacar algo positivo de aquella relación es haber aprendido que existen personas como tú: cartón piedra rodeado por un aura que pintaste de bellos colores para atraer a tus presas.

El sonido de las olas sigue arrullándome y respiro profundamente. Tomo en mi mano tu imagen y soplo sobre ella. Hacia el horizonte va, difuminándose, el rostro de un fantasma..."

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Doblo otra vez el papel y lo introduzco dentro del libro. Lo dejo en el mismo lugar en que lo encontré y sigo mi paseo mientras el sol es apenas una pequeña bola naranja perdiéndose en el horizonte. Solo una frase se repite en mi mente: ¡Qué suerte ser rana!