
Como cada fin de semana nos hemos hecho la "escapadita" a nuestro refugio de la Costa Brava. Es una forma de desconectarse del trasiego de la semana y la verdad es que estar entre pinos es una gozada.
La radio estaba puesta y yo me fui a comprobar si el gas estaba apagado. En eso que suena el tema principal de la película "Don Juan de Marco" que realmente es maravilloso, y noto que mi marido está subiendo los escalones que separan el salón de la cocina.
Pensaba que venía a decirme algo, me giro y me lo encuentro haciéndome una reverencia y a continuación me abre los brazos para invitarme a bailar con él.
Correspondo a su reverencia y nos ponemos a girar en el salón al compás de la música. En cada giro una mirada alrededor y voy posando mis ojos en todo lo que me rodea.
Las fotos de nuestros hijos cuando todavía subían con nosotros los fines de semana, la geisha que me enamoró en una tienda de chinos, el jarrón con los girasoles, las cajitas de laca, el jarroncito con la arena que trajimos del desierto cuando fuimos en avioneta.
Cosas y más cosas que te hablan de cuando los comprastes y la ilusión que te hizo poseerlos. Y sobre todas estas cosas, la casita, nuestra casita que compramos con tanta ilusión y que fuimos amueblando poco a poco.
Cada vez que poníamos algo nuevo, nos quedábamos mirándolo absortos diciéndonos: ¡pero que bonito ha quedado! y después de tantos años nos sigue enamorando venir aquí.
La música cesa y pone un beso en mi mano. Yo vuelvo a mis ocupaciones y él a seguir con los sellos que se ha empeñado en colocar hoy.
La tarde va pasando...
Malena